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Sistema Arquitectura 

2019

Poética de la arquitectura

Texto: Milena Quintanilla

Tipo: Investigación

Año: 2015

 

 

¿Qué alternativas tenemos como seres humanos, habitantes de este planeta, para desarrollar nuestras vidas en las construcciones del presente? Este texto, pretende esclarecer que existen otros asuntos a las cuales es necesario atender, además de la forma y la función de los espacios en los que día a día desarrollamos nuestras vidas.

 

Se dice que la arquitectura nace desde el momento en que el ser humano es consciente de su necesidad de cobijo ante las inclemencias provocadas por los fenómenos naturales y ante ella, concibe y diseña refugios que le permitan sobrevivir, los cuales construye con los materiales de los cuales disponga a su alrededor.

 

Por su parte, el nacimiento de la poesía está muy ligado al del lenguaje. Aunque es difícil establecer el origen de la poesía, se han hallado inscripciones jeroglíficas egipcias del año 2.600 a.C., que se consideran la primera manifestación de un poema del que se tenga registro.

 

Sin embargo poesía y poética no son la misma cosa. La poética, por su parte, se refiere a toda manifestación que apela a diversos recursos para transmitir emociones, sentimientos y experiencias estéticas al ser humano que recibe el mensaje que esta emite. Así, la poética es una expresión mucho más integral que la poesía, dado que no tiene límite con respecto a los medios que emplea para alcanzar los mismos fines, y por ende es una actividad que puede estar presente en toda creación humana, entre estas, el diseño y la creación de espacios habitables; es decir la arquitectura.

 

Se puede decir entonces, que la poética es tan o incluso más antigua que la arquitectura, pues desde el momento en que un ser humano pre configura un objeto, un ambiente o una situación, disponiendo de los materiales que tenga a su alcance para lograrlo; tiene ya dos alternativas: una, la de hacerlo de manera práctica de modo que el diseño resuelva su necesidad sin más; o bien, hacerlo de modo tal, que además de resolver su demanda pueda enriquecer su experiencia y goce estético al concebir, al contemplar y al habitar el diseño que resulte de su actividad. Es así como el acto poético nace desde el momento en que el ser humano crea. Sin embargo, su expresión en la arquitectura, ha sido intermitente en la historia de esta disciplina.

 

En La imagen corpórea, la más reciente publicación del arquitecto y teórico Juhani Pallasmaa, este nos dice que “…históricamente la arquitectura siempre ha negociado entre la dimensión cósmica y la humana, entre la eternidad y el presente, entre los dioses y los mortales”. Sin embargo, los arquitectos de las últimas generaciones hemos creído que el dilema oscila únicamente entre la forma y la función. Esto se debe a que nos hemos desarrollado entre una ruptura de paradigmas, somos en parte producto del pensamiento arquitectónico de la modernidad en el que “la forma sigue a la función” y el “menos es más”, pero también nacimos junto con las transformaciones provocadas por el movimiento subsecuente llamado posmodernidad, en el que “menos es aburrido” y en donde mientras más espectacular sea el edificio más plusvalía este poseerá.

 

Así, gran parte de la arquitectura de los últimos tiempos ha fluctuado entre estos dilemas: la utilidad y la imagen, la lógica y la inspiración, la técnica y el “arte”… y ahora también la honestidad y la apariencia expresada en el denominado “fachadismo”. Pero, en esta dinámica de tensiones ¿en dónde quedan la experiencia, la percepción y el habitar humano?, ¿Existe alguna manera de revelar en un diseño espacial los aspectos racionales sin descuidar los artísticos, pero también los inherentes a la psicología y la subjetividad del ser humano? Pues es este, quien finalmente valida los espacios como habitables y por tanto arquitectónicos o quien simplemente los concebirá como espacios “ocupables”, en los que bien pueda estar, pero le cueste trabajo o no pueda ser.

 

Pensemos por ejemplo en una vivienda que fue diseñada con el objetivo de atender a las demandas de “interés social”. Su configuración cuenta con espacios muy reducidos pero al fin y al cabo “funcionales”. Bien puede ser que en ella quepan cuerpos humanos, quepan muebles que son parte de la vida cotidiana, quepan objetos y vidas... pero nuestra vida no se reduce a nuestros objetos y a nuestro cuerpo, existen también –aunque no los podamos ver, palpar o tengan límites espaciales determinados– nuestros anhelos, nuestros sueños, nuestros pensamientos, etc. que al ser parte de la realidad deberían ser pensados previamente a configurar un espacio que pretende ser habitable.

 

En “la otra cara de la moneda”, imaginemos –o recordemos– un imponente edificio, de esos que capturan inmediatamente nuestra mirada. De él, nos impresiona la destreza con la que está hecho, la elegancia y el costo de los materiales con los que fue construido, la osadía del diseñador que concibió sus impresionantes formas… Es sin lugar a dudas, un caso de arquitectura espectacular.

 

Los edificios de este tipo, nos prometen más que una simple guarida contra las inclemencias de la naturaleza, nos prometen también: aceptación urbana, estatus social, éxito económico y celebridad en general. Guy Debord nos dice que este tipo de fenómenos sucede porque el ser se ha degradado en tener, y el tener a su vez en parecer. Si el objeto urbano arquitectónico parece resolver estas necesidades, entonces es válido, es conveniente y es elogiable para la sociedad que demanda estas ilusorias necesidades.

 

En los ejemplos anteriores, podemos verificar que la función y la forma están presentes y han sido atendidas, pero también podemos indagar que resolver estos aspectos, no necesariamente significa que su diseño responda a las necesidades de un ser humano que busque en sus moradas algo más que la utilidad y la apariencia; es decir, que busque un espacio en el que pueda imaginar, soñar, anhelar, intimar, y en sí pueda ser el mismo sin estar imbuido en un ambiente que no le permita reflexionar y construirse como persona, sino solamente estar a merced de lo que otros sujetos imaginen que es o quieren que sea.

 

¿Y cómo entonces puede un espacio responder a estas otras necesidades intangibles pero existentes y reales de los seres humanos? Pues, si como se mencionó en un principio, la poética apela a diversos recursos para transmitir emociones, sentimientos y experiencias estéticas al ser humano que capta sus revelaciones, entonces, ésta bien puede ser la clave para que lo que ocurra en los objetos urbanos o arquitectónicos sea la vida y no sólo el mecanicismo o un reflejo de la vida.

 

Aludiendo a esto mismo, dice Karel Kosik que las ciudades contemporáneas viven una crisis porque de ellas ha desaparecido lo poético. Esto poético que desaparece de las ciudades contemporáneas incluye tres elementos según este filósofo checo: la hermosura, la grandeza y la intimidad. Lo hermoso se ha tornado en “bonito”, lo grandioso en “imponente” y en lugar de la intimidad imperan la prisa y el cansancio.

 

Afortunadamente, en el mundo actual donde reinan los intereses económicos, el consumo, la alienación, la prontitud, lo fugaz, la bruma y el agotamiento también hay espacio para los poetas y para el arte, protagonistas de una realidad más habitable y más humana si pensamos en el ser humano con una complejidad mucho mayor que no podemos reducir a biología y razonamiento.

 

Como último ejemplo, recordemos algún espacio en el que el simple hecho de estar dentro de sus confines, nos haya provocado un bienestar emocional al mismo tiempo que un bienestar físico, o en el que simple y sencillamente no hayamos sentido ninguna molestia o distracción incómoda de ningún tipo (ni física, ni psicológica, ni espiritual). Un espacio que es capaz de evocar en nosotros recuerdos placenteros, que nos permite hacer uso y recordar que poseemos diversos sentidos, y no sólo el de la vista; un espacio que nos permite estar y ser en paz y plenitud.

 

Este tipo de lugares, pueden ser creados por poetas del espacio, poetas que bien pueden no saber lo que son, simplemente diseñan y crean de acuerdo con lo que reflexionan sobre el modo de habitar de los demás y sobre su propio modo de habitar.

 

Y ¿por qué se les adjetiva como poetas? El poeta, es visto como un vidente que integra conocimientos de la realidad exterior con sus sensaciones internas para darnos una imagen diferente del mundo; el poeta hace de su obra algo "sugestivo" que penetra en los dominios del ensueño, el poeta hace que veamos lo posible ahí donde pensamos que reina lo imposible. Por eso es importante la presencia de estos seres, y por eso es importante que aquellos dedicados a la arquitectura, creen espacios acorde con su sensibilidad en diálogo con la identidad y la cosmovisión del habitante que vivirá en los lugares que el poeta del espacio imagine, diseñe y erija.

 

De esta manera es posible decir que, si buscamos que los espacios arquitectónicos logren satisfacer a la multidimensionalidad del sujeto habitante y no sólo a algunos de sus aspectos, recurrir a la poética como herramienta y pauta de diseño de los objetos arquitectónicos –y también urbanos–, resulta una alternativa posible, plausible y en estos tiempos, también indispensable.