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Sistema Arquitectura 

2019

Identidad

Texto: Milena Quintanilla

Tipo: Investigación

Año: 2015

 

 

Decía Octavio Paz que “la arquitectura es el testigo insobornable de la historia”, puesto que al igual que el arte, no puede ser estudiada o analizada sin situarla dentro de un contexto temporal y cultural. Es así como, mirando los edificios y ciudades construidas en épocas pasadas, podemos leer en ellas, un intervalo histórico determinado, así como rastros y pistas de sus habitantes, sus modos de vida, sus gustos, sus anhelos, sus creencias, etc.

 

Sin embargo, es triste notar que no sucede así con la mayoría de la arquitectura contemporánea de México y del mundo, lo que nos denota que algo no va bien en el rumbo de esta disciplina, técnica y artística en esencia.

 

Hoy por hoy, somos más bien, testigos de edificios descontextualizados, que bien podrían estar ubicados en el norte o en el sur, en oriente o en poniente, en altas o bajas elevaciones, en la costa o la montaña… Los edificios de esta tipología, son aquellos que imitan algún otro con el cual correspondieron las demandas puramente funcionales o estéticas de sus creadores, edificios que se nos presentan como “arquitectura de vanguardia”. Son asimismo, reflejo del modelo estandarizado o “global” que se nos impone de manera autoritaria por quienes tienen como prioridad la producción en serie, la inmediatez, y la avidez por vender sus objetos espaciales, aunque estos no sean habitables y por ende no sean arquitectónicos si atendemos a los fines primigenios y originales de esta disciplina: el habitar, el cobijo y el resguardo de los seres humanos.

 

Bajo esta dinámica, el mundo contemporáneo, tiende a homogeneizarse, repitiendo los mismos diseños con los mismos materiales; las mismas ciudades con los mismos recorridos; los mismos hogares con los mismos muebles. El problema de la obsolescencia programada de todos los objetos que consumimos, se manifiesta de igual manera en los espacios arquitectónicos del mundo actual.

Afortunadamente, existen también arquitectos y diseñadores que hacen una pausa para reflexionar sobre los habitantes para quienes están proyectando el espacio, habitantes que no son ni jamás serán los mismos.

 

Ante esta serie de acontecimientos nos surgen bastantes dudas como la de  ¿cómo podremos lograr que las generaciones que nos sucedan, tengan vestigios de lo que fuimos, lo que sentimos, lo que pensamos y puedan aprender de nuestros errores y nuestros aciertos?; o ¿cómo podremos encontrar aquellos espacios que tengan la capacidad de identificarse con nosotros y nos permitan desarrollar nuestro ser “mexicano” de manera plena, integral y constructiva?

 

Ante estos cuestionamientos, primeramente debemos comprender la naturaleza de aquello que buscamos, y si buscamos identidad entonces debemos conocer, qué es lo que nos identifica –valga la redundancia– como mexicanos con respecto a otras culturas del mundo.

 

Para ello, el texto de Samuel Ramos, cuya primera edición data de 1934, nos aporta posibles soluciones pues, por medio de un ensayo de “caracterología y filosofía de la cultura mexicana”, nos explica en qué consiste “lo mexicano”.

 

Este libro es uno de los primeros estudios que tomó a la circunstancia y el hombre mexicanos como objeto de estudio de la filosofía, dando pie al inicio de la reflexión sobre lo mexicano y filosofía de lo mexicano. Al emplear una metodología en la que combina estudios de historia y psicología, Samuel Ramos puede abrevar de otras disciplinas afines herramientas que por sí misma la filosofía no podría dilucidar. Así que bien podemos decir que este es un estudio interdisciplinar, y por lo tanto, validado por el paradigma de pensamiento contemporáneo.

 

Para Ramos, la cultura es aquella que “está condicionada por cierta estructura mental del hombre y los accidentes de su historia”, entonces parte de un importante cuestionamiento: “Dada una específica mentalidad humana y determinados accidentes en su historia, ¿qué tipo de cultura puede tener?” Posteriormente se responde que “la única posible cultura entre nosotros, tiene que ser derivada (de otras culturas) –dado que– no podemos hacer tabla rasa de la constitución mental que nos ha legado la historia”.

 

Es así como el filósofo justifica fenómenos como el de la imitación de culturas ajenas, cuando la propia aún no se ha desarrollado. Sin embargo, este acontecimiento puede ser positivo o negativo, puesto que puede aprenderse de lo “ya hecho” o simplemente repetirse sin previa reflexión.

Esto se refleja en la arquitectura de las ciudades actuales; en donde podemos notar que si bien existen construcciones que recuperan aspectos positivos de soluciones espaciales extranjeras, la gran mayoría imita fachadas, plantas arquitectónicas o imágenes espectaculares que nada tienen que ver con las circunstancias físicas e ideológicas en las que se insertan.

 

Pero, ¿por qué surge esta necesidad de imitar lo ajeno en lugar de avocarse a crear lo propio? Dice Ramos que esto se debe al sentimiento de inferioridad en el fondo del alma del mexicano, el cual no es una cualidad real e inherente al ser humano, sino sólo un error de autopercepción heredada de nuestra historia. De igual manera la imitación emerge de la falsa creencia de que este es el único camino para incorporar la “civilización” al país, que en comparación con otras naciones es bastante joven.

 

“El mimetismo mexicano aparece como un mecanismo psicológico de defensa, que, al crear una apariencia de cultura, nos libera del sentimiento deprimente (de inferioridad) de la incultura”.

 

Pero si vamos a imitar una cultura es porque creemos que dicha cultura, vale lo suficientemente como para ser imitada –apunta Ramos–. Cabría entonces analizar cuáles son las obras arquitectónicas que se imitan con más frecuencia y cuales similitudes y constantes (principalmente impalpables) encontramos en ellas. Posteriormente habría que reflexionar si esas correspondencias bien pueden encontrarse en el complejo e inmenso mundo de “lo mexicano”.

 

Asimismo, el autor relaciona estrechamente el sentimiento de inferioridad con la historia de las invasiones, conquistas y batallas, que ha sufrido la nación desde sus orígenes. Por una parte la colonización española que dominó el territorio tanto física como cosmogónicamente a partir del S. XVI, después la influencia de modos de vida –también europeos– de Francia durante el S. XIX, o bien actualmente el poderío y dominación económica que ejercen los Estados Unidos de América sobre la mayoría de los países latinoamericanos.

 

El también académico emérito y antiguo director de la Facultad de Filosofía y Letras de la U.N.A.M., recurre a la psicología para concebir el psicoanálisis del mexicano, clasificando a la mayoría en tres grupos: “el pelado”, “el mexicano de la ciudad” y “el burgués mexicano”. Así también las obras arquitectónicas contemporáneas de la Ciudad de México podrían clasificarse entre estos rubros.

 

Elaborando una analogía entre esa clasificación que Ramos propone, podríamos decir que, los espacios “pelados” son aquellos hostiles y repulsivos en donde no queda lugar para la intimidad ni para lo alegórico, puesto que también son hiperrealistas. Son parajes en donde sólo caben cosas y caben cuerpos, “ocupables”; pero en los cuales no hay sitio para el espíritu ni para la contemplación.

 

Los espacios “mexicanos de la ciudad” son en los que reina la desconfianza como una forma a priori de su manifestación,  son aquellos lugares que sin emplear palabras, juzgan a cualquier ser que intente acceder o siquiera acercarse a ellos. Verbigracia, las grandes bardas y cercas electrificadas que abundan en las colonias residenciales de la alta sociedad de esta megalópolis.

 

Por otra parte, y siguiendo el discurso de Samuel Ramos, los espacios “burgueses mexicanos”, son aquellos parajes excluyentes, que no admiten a cualquiera sin necesariamente poseer barreras físicas entre el espacio público y su interior. Son espacios que emplean materiales ostentosos –generalmente importados de tierras lejanas– e imitan formas propias de culturas a las que se buscan parecer. Ramos nos dice que:

 

“son el resultado de las reacciones en contra de un sentimiento de menor valía, un sentimiento de inferioridad que proviene del hecho mismo de ser mexicanos” ;

 

por lo tanto, buscan no parecerlo. En estos sitios, el habitante se percibe en un lugar totalmente ajeno a sus raíces, pero también ajeno al lugar que busca imitar, así en sus inmediaciones, los habitantes tienden a sentirse en un “no lugar”, aludiendo a el término creado por Marc Augé, en “ninguna parte”.

 

Desde luego que también existen espacios que se contraponen a esta falta de identidad y de la expresión de la cultura y el perfil de los habitantes mexicanos en los espacios arquitectónicos. Ejemplo de ello son las construcciones vernáculas cuyas soluciones espaciales residen en múltiples ensayos, dinámicas de prueba y error, para posteriormente ser validadas o descartadas. Pero existen también manifestaciones que no necesariamente tienen que pasar por miles de años de historia, sino por un proceso profundo de análisis y reflexión.

 

En este sentido, el filósofo michoacano, nos invita a ejercer nuestra valiosa y poderosa actividad de pensamiento, –recordemos que el pensamiento cartesiano, racional,  influenció a muchos pensadores y científicos de la época–. Nos dice que:

 

“La actividad de pensamiento es una función vital del ser humano, nace de la vida y le devuelve varias dimensiones que ensanchan sus horizontes y la hacen más profunda. No está presente únicamente en la visión y la prevención del futuro, sino también en el recuerdo de nuestras experiencias y su incidencia en el presente” .

 

Desde aquél momento, Ramos opina que en México, la actividad de pensamiento queda aún por desarrollarse y disciplinarse en vista de mejores resultados.

 

“Todo pensamiento, debe partir de la aceptación de que somos mexicanos y de que tenemos que concebir el mundo bajo una perspectiva única”.

 

Análogamente, los espacios arquitectónicos contemporáneos mexicanos, pueden recuperar su identidad y su armonía con relación al contexto y a sus habitantes, si se ocupan, previamente a edificar, de investigar, reflexionar, pensar y repensar sobre aquellas necesidades esenciales e inmanentes que deben satisfacer a fin de lograr enriquecer los espíritus de los seres humanos a los que cobijarán. Sin embargo, primeramente, “será necesario liberarnos de complejos inconscientes”.

 

“Cuando tales complejos deprimentes se desvanezcan, desaparecerá automáticamente el falso carácter que se superpone al ser auténtico de cada mexicano para compensar el sentimiento de desvalorización que lo atormentan y el espíritu quedará libre para la conquista de su destino” .

 

Es así como ante la crisis de la globalización de la arquitectura y los espacios que cada día tienden a ser más homogéneos, “ocupables” y “padecibles” y menos habitables, una posible solución estriba en el compromiso individual de cada intermediario que participa en la construcción de edificios o ciudades, por liberarse de aquellos complejos y romper con el falso dilema de que “sin imitación no habrá progreso alguno”. Al contrario, es necesario trabajar por la plena convicción de que no hay forma de ser más global, que actuar por y desde lo local.

 

“Para coadyuvar verdaderamente a la realización de la cultura “mexicana” es necesario también orientar la nueva educación mexicana en un sentido humanista, dado que se ha perdido por completo la noción de humanismo. El impulso de la educación humanista, chocará con la educación práctica. México no ha escapado a la invasión universal de la civilización maquinista. El humanismo en la educación es fundamental para contrarrestar los efectos de una civilización engañosa que transforma en máquinas a los hombres”.

 

En este sentido, es igualmente importante que desde las escuelas de arquitectura, urbanismo y disciplinas afines, las humanidades comiencen a inundar los planes y programas de estudio, a fin de que poco a poco se vaya gestando un equilibrio entre los componentes de la arquitectura, regresándole su carácter humano además de técnico y artístico, porque, a pesar de haber sido relegado a un segundo plano o a tiempos antediluvianos: “el humanismo no pertenece exclusivamente a una determinada época del pasado (…) en su esencia es, por decirlo así, extratemporal”.

 

Aboquémonos pues, a que las construcciones en las que incidamos promuevan la conformación de una nueva identidad mexicana carente de manifestaciones del sentimiento de inferioridad, el cual es posible y nos urge alcanzar.