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Sistema Arquitectura 

2019

El mensaje de las grietas 

Texto: Tomás Tovar

Ilustración: Gela Cabrera

Tipo: Reseña

Año: 2016

 

 

Había venido a este café muchas veces. Esta ocasión, sentado en la terraza, por primera vez observaba el piso de concreto mientras daba el primer trago a mi café. Era una plancha robusta y resistente, tan sólida que nunca se movía, ni siquiera con los camiones que pasaban cerca; sostenía con elegancia cinco pares de mesas, dispuestas para recibir a seis comensales cada una.

Después, me dejé llevar por los detalles y pude ver una serie de grietas minúsculas, más esbeltas que una hoja de papel, que recorrían desde el centro del canto que daba a la calle hasta los dos pilares del muro, justo al otro extremo de la terraza. Dos pequeñas grietas se alejaban una de la otra, y se dividían en pequeñas ramitas que apenas lograban escurrirse entre el piso un par de centímetros, para luego perderse en el gris del concreto.

Observaba el piso con la cabeza inclinada. ‒Seguramente, falló el recubrimiento del concreto‒, dije en voz baja mientras me di cuenta que una de las meseras me miraba extrañada. Aunque en realidad sabía que la causa de las grietas podría ser cualquiera, seguí pensando en eso, y traté de entenderlo a escalas más grandes.

Comencé a pensar en épocas que ya fueron. Pensé en el ser humano al llegar a un nuevo territorio: recorre el lugar, identifica sus elementos y la factibilidad de asentarse y generar comunidad, la explotación de recursos, caza, pesca, tala, siembra; toma de la tierra lo necesario y no se preocupa más que por sí mismo.

Ahora, el ser humano llega a nuevos territorios, con las piedras, los metales, la tecnología, los techos rectos, los muros a plomo, y les echa encima casas y altos edificios, se hace un sillón y lo pone en el último piso, junto a la ventana, para contemplar todas las otras cosas que ha hecho; luego, regresa en unos meses con un equipo de personas para dar incómodo mantenimiento, preventivo y correctivo, y así hasta que encuentra un mejor proyecto, tira el anterior y vuelve a construir encima, siempre y cuando no sea declarado patrimonio nacional.

 

En este proceso, siempre aparecen personas errantes que se dan cuenta del abuso a la naturaleza y deciden hacer una marcha, un plantón, o un nuevo procedimiento constructivo para reducir las emisiones de CO2, y así salvar a nuestro «pobre e indefenso» planeta anfitrión.

A pesar del ir y venir de hombres y mujeres que pretenden abusar, y otros menos que pretenden respetar, la naturaleza sigue ahí, observándonos pelear entre nosotros, mientras serenamente da un mensaje claro y fuerte: el ser humano es sólo un componente pequeño del planeta, su intervención es sólo un cambio en el curso de la naturaleza, pero su existencia y su fuerza van más allá.

Este mensaje lo leí en las grietas del piso de la cafetería. Tal vez, el mensaje diga que no importa cuán fuerte o endeble sea el material de construcción, si es templado, si está tratado químicamente o si fue cortado con láser, la naturaleza siempre estará por encima, en una mancha de humedad, en un rasguño o en una pequeña fisura, siempre se impondrá ese diseño orgánico sobre nuestros trazos ortogonales.

Entonces, recordé aquellos acabados que tanto gustan, como las betas del mármol, los patrones irregulares de las piedras y de los metales oxidados, los reflejos bailarines que produce la luz al rebotar en un espejo de agua, el desgaste de los muebles de madera por el uso. Tal vez, sea una parte escondida dentro del ser humano, una que en el fondo añora regresar a la vida silvestre, a las texturas naturales, al piso de tierra y a la comida fresca.

La naturaleza nos sorprende con pequeñas flores y hierbas que surgen en cualquier rincón, brotes minúsculos que quiebran cualquier piedra y metal, y se implantan, incluso, en cada grieta y en cada superficie de los edificios del hombre. De hecho, no hace falta mucho tiempo para que un ejército de hierbas e insectos invada decorosamente los vidrios rotos, la madera roída, las losetas manchadas y rotas, desplegando un espectáculo de figuras orgánicas perfectamente armónicas.

 

Ni qué decir de un gesto más brusco, como cuando la naturaleza se despierta enérgica y malhumorada y se produce un sismo, una tormenta o un tornado, los cuales reconfiguran en minutos la minucia, la rigidez y la ortogonalidad de los trazos de los arquitectos y los constructores, y reducen a escombros el trabajo de incontables hombres y máquinas.

La mayoría supone que los trazos rectos y los espacios cuadrados son más funcionales, prácticos y, definitivamente, más económicos, pero ¿quién no disfruta hundirse en un cómodo sillón que se amolda al cuerpo? o ¿qué niño se resiste a la felicidad de trepar las irregulares ramas de un árbol?

El mensaje de las grietas es claro: hay que entender que los seres humanos, como animales que somos, debemos comulgar con el resto de la naturaleza. Más allá de la sobreexplotación de los recursos o de pretender ser los «salvadores» del planeta, hay que entender que somos parte de un todo, y que podemos aportar conjuntamente un granito de arena para que los seres humanos disfrutemos todo lo que nos es dado, como este café, que no me di cuenta cuando tomé el último trago.